Por favor, quiero apostar.

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  • El pobre hombre no llamaba a la casa de uno de sus mejores amigos, siendo ésto bastante raro porque solían comer el "asado del día de la patria" juntos.
    La joven, aburrida, miraba al señor amigo de su padre. Imploraba para irse antes de la hora de comer, sentada en uno de esos viejos bancos del Hipódromo de Palermo, ojeaba la mirada del padrino y de su yegua, siendo las dos tristes y desventuradas -percatándose de ésto aún siendo una noche oscura-. Mostraban cosas diferentes a la emoción de tener a su propia yegua corriendo una de las más importantes carreras nacionales, había otra cosa; Lo que ese seis de junio dijo, era melancolía y un reloj de tiempo.
    La amistad entre el padre de la joven y el dueño de la yegua, -a los que llamaré Juan y Enrique- era lo suficientemente estrecha como para pasar a saludar de incógnito por sus respectivos hogares, jugándose cajas de vino y apuestas de dólares, el seis de junio estuvieron juntos todo el día... En el otoño les daba una especial alegría salir del frío San Luis e ir a la capital del país para tomar mates y jugar al truco.
    El sentir del juego de la apuesta fue bastante grande, aunque solo perdían dinero, se sentían felices al ver el atardecer con la yegua del pobre Enrique en su debut. Mientras la familia tomaba chocolate caliente en el Bar de la Grada Popular del Hipódromo de Palermo, a la pobre muchacha -que sólo quería irse- se le clavó la idea de la melancolía para el mes siguiente, la gris deidad del otoño le había dado el presentimiento y la preocupación que se fue, cinco minutos después, mirando por la ventana el rojo sol.
    La yegua se preparaba para correr a las cinco y media para correr a las seis, el frío que corría por los pulmones de la gente era un maligno aliado de la enfermedad que quitaría la vida de personas... Gripe Porcina, o como se le llame. Enrique era un blanco movil, ya había padecido un ataque al corazón hace meses, para colmo estaba resfriado.

    • Caballo cinco a la primera, por favor. - Exclamó Enrique, buscando el dinero en el bolsillo de la campera.
    • ¡Lo mismo! - Gritó Juan, pagando y viendo rápidamente el reloj de pulsera que ya daban las seis.

    La carrera fue bastante rápida y el pobre animal, con todo su esfuerzo pudo alcanzar el sexto puesto.
    ¿Quién diría que la gripe iba a matar a Enrique?
    Falleció el seis de julio, la nueva gripe lo había fulminado, y su mujer, no pudo y no quiso decir nada hasta el llamado de Juan, donde rompió a llorar por el teléfono.

    El llamado fue a las ocho del día nueve de julio, la joven del presentimiento, no se enteró hasta escuchar lo siguiente mientras estaba profundamente dormida: Por favor, quiero apostar, cuídeme a mi yegüita.

    • Rios. - Dijo apesumbrado Juan, diciéndole a su tía: - ¡Qué amigo que perdí, tía!
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